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El Cine de José

  • Foto del escritor: Winifreda
    Winifreda
  • 14 abr 2016
  • 4 Min. de lectura

El Cine de José, así lo nombrábamos siempre aunque era el único cine. Se encontraba ubicado en una de las esquinas estratégicas del pueblo.

Construido con el estilo clásico, de paredes altas de ladrillos a la vista, con ventanas de postigos, altas y angostas, siempre cerradas para que no entrara la luz. Se entraba por las puertas de la esquina que daba a un salón en el cual se encontraba José en una pequeña mesa vendiendo las entradas. Había un par de otras mesas dispersas ya que oficiaban como bar y en un extremo una barra que servía bebidas y donde comprábamos las golosinas.

Lo que más llamaba la atención, era un cortinado rojo que iba de una pared a otra y del techo al piso y al atravesarlo se entraba al mágico mundo del cine.

La sala estaba dividida por un pasillo en el medio a cuyo costados se encontraban las butacas, diez a doce de cada lado dispuesta en una veinte filas más o menos, eran de madera sin ningún tipo de acolchado y tan duras que se hacían sentir en nuestras sentaderas sobre todo si la película era mala. La pantalla era la pared del fondo pintada de blanco.

El cine estaba estructurado en sectores bien diferenciados, las filas del fondo era de las parejas enamoradas, para los que estaban solos y los padres las siguientes y adelante del todo para los más pequeños. Este sector era sin duda desde donde mejor se veía, pero por otro lado el más peligroso ya que había que andar esquivando las tuercas que los de atrás sacaban de las butacas y tiraban para las filas de adelante, también las colillas de cigarrillos que caían como misiles ya que eran arrojados con fuerza e ímpetu al colocarlos entre el pulgar y el índice y disparar. En general se tiraba al bulto, pero si se quería vengar de alguien era con puntería, hacia una nuca en particular. Así como cada tribu tiene sus rituales de ingreso a la vida adulta, el nuestro era ir yendo hacia atrás en las filas a medida que crecíamos hasta ser nosotros los que arrojábamos las colillas y las tuercas, y ni hablar si llegábamos a la última fila.

Las películas en aquella época consistían en grandes rollos que se colocaban en un proyector y era común, sobre todo si tenían mucho uso, que las cintas se cortaran, por lo que en general en el mejor momento, cuando el muchacho iba a disparar al malo o cuando estaba por besar a la chica, la imagen se iba hacia arriba o empezaba a subir y bajar hasta quedar la pantalla en blanco. Y acá comenzaba otro de los grandes rituales del cine, que consistía en que todos empezábamos a golpear el piso de madera alternativamente con un pie y el otro, logrando un retumbar que se escucha hasta en la calle y duraba hasta que la película comenzaba de nuevo, aunque muchas veces nos teníamos que ir sin saber el final porque ya no tenía arreglo.

Se proyectaba un solo film, con un intervalo de quince minutos antes del final, en los que íbamos al quiosco a comprarnos alguna golosina, en general chocolatines negros o blancos a cuadraditos y por supuesto la infaltable bolsa de girasoles, era toda una obra de arte ver cómo quedaba el piso al terminar la película cubierto con las cáscaras de los girasoles.

EL cine funcionaba sábado y domingo y los jueves donde siempre se pasaba una de pistoleros. Era la época de los western spaghettis, y me recuerdo en el intervalo recorrer ese pasillo como si fuera Franco Nero o Clint Eastwood yendo a un duelo. Otras de mis favoritas eran las de “Trinity” con un inteligente y hábil Terence Hill y un Bud Spenser tan fuerte que cuando tenía a todos encima y uno ya lo creía vencido, de golpe los hacía volar por el aire. Era un mundo mucho más sencillo, el malo siempre perdía, el bueno siempre ganaba y se quedaba con la chica, el funebrero era un hombre pálido vestido de negro y no era millonario, el banquero usaba camisa con brazaletes y una visera y no era el dueño del pueblo.

También recuerdo las películas de Tarzán, Lassie, o para pelearle un poco a tanta invasión de cultura norteña la de “los Súper Agentes” con Tiburón, Delfín y Mojarrita.

El sábado a la noche muchas veces daban las prohibidas para menores de 18, como las del gordo Porcel y Olmedo y que nosotros espiábamos a través de alguna rendija de los postigos de la ventana, rogando que algún milagro ocurriera y la censura nos dejara ver aunque sea una teta o un culo.

Me maravillaba el Cine de José y fue mi segundo hogar, me quedó desde esa época el ver películas como una de las actividades que más disfruto.

Con el tiempo se cerró, no recuerdo bien cuando fue pero creo que ya me había ido del pueblo, no pudo escapar al destino de la mayoría de aquellos cines.

Muchas años después, viajando de vacaciones a Córdoba, entré para enseñarle el pueblo a mi hija y cuando llegamos a la esquina vi que todavía se conservaba la casa y mientras le contaba todo lo que escribí acá, me asomé por una rendija de la ventana, la misma en la que espiaba a Moria Casán o Susana Giménez, y vi con gran sorpresa que aún estaba todo tal cual, la pantalla, el telón, las butacas, pero todo cubierto de polvo y telas de arañas, se notaba que no fue usado en mucho tiempo pero me pareció escuchar nuestras risas y a alguien gritándole a José que la película se había cortado. Me quedé absorto un buen tiempo pensando que me hubiera gustado estar en una de esos films, en la que el protagonista vuelve, reconstruye el cine y lo abre con todo su nuevo esplendor.

El cine está ahí, se conserva aún, esperando que venga José y lo vuelva a hacer vivir. > Pablo Curino <

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