Una denuncia que rompe el silencio en la Colonia Menonita de Guatraché. Un relato de violencia y sometimiento
- La Pampa

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El hermetismo que suele rodear a la Colonia Menonita Nueva Esperanza, situada a unos 35 kilómetros de Guatraché (La Pampa), fue sacudido en febrero de 2026 por una denuncia judicial sin precedentes. María Unger Reimer, de 34 años y madre de dos niñas, escapó de la colonia y presentó una denuncia penal que describe un sistema de violencia y de anulación de derechos básicos que ella misma comparó con “una sentencia de muerte”. Su testimonio señala que dentro del predio las mujeres no tendrían acceso a educación más allá de sexto grado ni autonomía económica, y que cualquier contacto con el exterior se castiga con aislamiento o castigos físicos. La causa está en manos de la justicia de General Acha y podría derivar en investigaciones por trata de personas y reducción a la servidumbre.

La huida de María: un acto de supervivencia
Según la denuncia, el escape no fue planificado. María aprovechó un descuido en la vigilancia de la colonia, huyó a pie y buscó ayuda en pueblos vecinos antes de refugiarse en Tucumán. En su testimonio, detalló que las mujeres tienen prohibido hablar español, manejar dinero, usar celulares o recibir atención médica sin autorización de los líderes.
Romper esas reglas implicaría perder cualquier vínculo con los hijos y la familia. La abogada Karina Lucía Álvarez Mendiara, que acompaña a Unger Reimer, definió a la colonia como un enclave en el que reina la impunidad y donde la única salida es la fuga, ya que no existe un proceso de retiro voluntario.
Una comunidad aislada y autosuficiente
La Colonia Menonita Nueva Esperanza se instaló en La Pampa a mediados de la década de 1980. Fuentes oficiales señalan que familias de origen alemán y holandés llegadas desde México compraron unas 10 000 hectáreas cerca de Guatraché en 1985–1986, aunque algunos medios locales hablan de un territorio de unas 40 000 hectáreas. Hoy viven allí unas 1 800–2 000 personas que se dedican a la agricultura, la carpintería y una pujante industria metalúrgica.
La colonia se divide en campos administrados por jefes y se rige por sus propias reglas, con un obispo como autoridad máxima. Cada familia se desplaza en buggies tirados por caballos, utiliza tractores con ruedas de hierro y prescinde de electricidad en sus hogares; la corriente eléctrica sólo se emplea en talleres o fábricas.
La comunidad habla Plautdietsch, un dialecto del alemán bajo, y reserva el español principalmente para las relaciones comerciales; según investigaciones periodísticas, los hombres lo dominan, mientras que las mujeres tienen prohibido aprenderlo o hablarlo con fluidez..
Normas estrictas y brecha de género
El estilo de vida menonita se basa en una interpretación estricta del anabaptismo que rechaza el lujo y la injerencia del Estado. La educación formal termina alrededor de los 13 años, después de lo cual el trabajo y la iglesia ocupan todo el día. Las mujeres se casan entre los 15 y los 20 años y están obligadas a obedecer a sus maridos y a los líderes religiosos.
Dentro de la colonia está prohibido usar teléfonos móviles; si alguien es descubierto con uno, los líderes lo confiscan, lo rompen y obligan a la persona a pedir perdón públicamente.
No existen periódicos ni radio, y el contacto con el exterior se limita a un diario en alemán importado de Canadá.
Estas normas afectan de manera desigual a hombres y mujeres: mientras los hombres realizan transacciones comerciales en pueblos vecinos y aprenden español, las mujeres tienen escasa autonomía, dependen económicamente de sus esposos y pueden ser castigadas con aislamiento por hablar castellano.
La agresión y el secuestro de sus hijas
El 8 de febrero de 2026, María retornó a la colonia para facilitar el contacto entre su hija menor y su padre. Según su denuncia, el hombre la atacó brutalmente, intentó abusarla sexualmente y amenazó con rociarlas con nafta y prenderles fuego. Logró escapar y presentó una denuncia penal con certificados médicos que acreditan las lesiones. Al día siguiente, cuando se refugió en un departamento de Santa Rosa, un grupo de hombres –incluido su exmarido– secuestró a sus dos hijas en plena calle.
La abogada Álvarez Mendiara denunció que los jueces y fiscales aún no han dictado medidas de restricción, lo que permitió que las niñas fueran retenidas en la colonia. La letrada reclamó a la justicia que comprenda el contexto de violencia estructural en que viven las mujeres menonitas y devuelva a las niñas a su madre.
Investigaciones judiciales y repercusiones
Tras la denuncia, la fiscalía de General Acha abrió una investigación que podría abarcar delitos de trata de personas y reducción a la servidumbre, ya que habría indicios de que los líderes controlan a las mujeres e impiden su salida. El caso también abrió un debate sobre la responsabilidad del Estado provincial frente a comunidades con autonomía cultural.
La abogada de María afirmó que las autoridades no pueden ignorar la presión psicológica y las amenazas que sufren las mujeres dentro de la colonia.
Por su parte, fuentes oficiales resaltaron que los menonitas pagan impuestos, poseen DNI argentino y mantienen relaciones comerciales con el exterior; sin embargo, la vida cotidiana se rige por normas internas que la comunidad ha preservado durante siglos.
La tensión entre tradición y derechos humanos
La historia de María no es un incidente aislado. Otra mujer, Katherina, escapó recientemente con ayuda de la misma exintegrante, y se desconoce el paradero de otras posibles víctimas.
El caso expone la tensión entre el respeto a la autonomía cultural de un grupo religioso y la obligación del Estado de garantizar derechos básicos como la libertad personal, la educación y la igualdad de género.
Organizaciones feministas y de derechos humanos locales piden que se investiguen las denuncias de violencia, se proteja a las mujeres que abandonan la colonia y se promuevan mecanismos para que los menores puedan expresar su voluntad fuera del control de la comunidad.
Contexto histórico de la comunidad
Los menonitas son una rama del protestantismo anabaptista fundada por Menno Simons en el siglo XVI. Ante la persecución en Europa y luego en América del Norte, migraron a México y América del Sur en busca de autonomía religiosa. La colonia de Nueva Esperanza se estableció en 1986 en La Pampa tras la compra de tierras y hoy es una de las comunidades menonitas más ortodoxas de América Latina. A diferencia de otras colonias de México o Bolivia, donde se utilizan automóviles y se accede a la universidad, la comunidad pampeana conserva un estilo de vida más austero, aunque incorpora tecnologías en sus fábricas para vender silos, galpones y otros productos agrícolas al resto del país.
Un llamado a la acción
El caso de María Unger Reimer ha sacado a la luz denuncias de violencia sistemática y discriminación de género dentro de la Colonia Menonita Nueva Esperanza. La investigación judicial en curso determinará si se cometieron delitos de trata de personas o servidumbre, pero el testimonio de la denunciante ya generó un debate público sobre hasta dónde llega la autonomía cultural de las comunidades religiosas.
Mientras la justicia resuelve, organizaciones sociales demandan que se garantice la protección de las mujeres que logran salir y que se revisen los mecanismos que permiten que menores de edad permanezcan en entornos de violencia por decisión de los adultos.
La voz de María, lejos de ser un grito aislado, se convierte en un llamado urgente a visibilizar y erradicar prácticas de sometimiento en lugares donde la ley nacional parece detenerse en la tranquera de acceso.



































