top of page
banner_CuidarVidasInvierno26_715x115.gif
cew (1).jpg
cew internet ene 2026 (1).jpeg
cec logo_edited.jpg
plex ago 2023_edited.jpg
Pizza Los Altos
el centro f5 - lalo furch.jpg

Escuela de El Destino: escuchar todas las voces antes de dictar una condena social

Foto del escritor: Axel Juncos
Axel Juncos
hace 1 hora
7 min de lectura

Las denuncias deben ser investigadas y los niños tienen derecho a ser escuchados y protegidos. Pero una comunidad justa también debe preguntarse qué ocurre con las docentes y trabajadoras señaladas, quienes no cuentan con la misma libertad para exponer públicamente su versión. Detrás de cada una de ellas también hay una familia que padece las consecuencias de la exposición.


Lo ocurrido en la Escuela Rural N° 100 de Colonia El Destino es delicado y doloroso. Hay familias que expresaron preocupación por el trato recibido por sus hijos, niños que —según los testimonios conocidos— habrían manifestado miedo o angustia y un vínculo entre la institución y parte de la comunidad educativa que aparece profundamente deteriorado.


Nada de eso debe minimizarse. Cuando un niño dice que siente miedo, que no quiere concurrir a la escuela o que atraviesa una situación que lo lastima, los adultos y las instituciones tienen la obligación de escucharlo. Investigar, acompañar y garantizar su bienestar no es una concesión: es una responsabilidad ineludible.


Sin embargo, escuchar a los niños y atender el reclamo de sus familias no debería impedirnos observar otra dimensión del conflicto. Del otro lado existen docentes y trabajadoras que fueron señaladas públicamente, con nombres y apellidos, pero que no se encuentran en igualdad de condiciones para responder.


Mientras las familias pueden brindar entrevistas, realizar publicaciones y exponer su mirada en las redes sociales, las trabajadoras de la educación están condicionadas por sus responsabilidades institucionales, el deber de confidencialidad y las indicaciones de sus superiores. No pueden discutir públicamente cada acusación, revelar situaciones internas ni referirse libremente a sus alumnos y familias. Ese silencio puede ser interpretado como indiferencia o como una aceptación de los hechos, aunque no necesariamente signifique ninguna de esas cosas.


Allí aparece una desigualdad que merece ser considerada. En el escenario de la opinión pública, una parte puede hablar y la otra debe callar. Una puede explicar detalladamente cómo vivió cada episodio y la otra queda reducida al lugar de acusada, sin poder ofrecer su contexto ni ejercer públicamente una defensa equivalente.


Reconocer esta asimetría no significa desmentir a las familias ni construir una defensa incondicional de las trabajadoras denunciadas. Significa recordar un principio básico: una denuncia debe ser tomada con seriedad, pero no puede convertirse automáticamente en una condena social.



La escuela también refleja el malestar de la sociedad

El caso de El Destino no puede analizarse de manera aislada. La escuela es una parte de la sociedad y, como tal, recibe todas sus tensiones: intolerancia, violencia verbal, dificultades económicas, conflictos familiares, pérdida de confianza en las instituciones y una creciente incapacidad para resolver las diferencias mediante el diálogo.


En los últimos años, la tarea docente se volvió cada vez más compleja. Enseñar ya no implica solamente preparar una clase, explicar contenidos y evaluar aprendizajes. En muchos casos, las y los docentes deben contener situaciones emocionales, detectar problemas familiares, intervenir ante conductas violentas, responder reclamos permanentes y asumir responsabilidades que antes correspondían a otros ámbitos del Estado.


En las escuelas rurales, además, existen desafíos particulares. Muchas docentes recorren diariamente decenas de kilómetros, transitan rutas y caminos en condiciones adversas y sostienen instituciones pequeñas en lugares donde la escuela representa mucho más que un edificio educativo. Lo hacen con salarios que frecuentemente no se corresponden con el nivel de responsabilidad, preparación y desgaste que demanda su trabajo.


Esto no les otorga inmunidad ni las coloca por encima de cualquier cuestionamiento. Un título docente no justifica un grito, un maltrato ni una conducta inapropiada. Pero tampoco debería convertirlas en responsables automáticas de todos los conflictos que atraviesan la vida escolar.


Las y los educadores también pueden ser víctimas de destratos, amenazas, insultos, hostigamiento y acusaciones. Muchas veces soportan situaciones de violencia protagonizadas por estudiantes o familiares y deben continuar con su tarea sin responder, porque cualquier reacción puede ser interpretada como una falta profesional. También sienten miedo, frustración, cansancio y angustia, aunque rara vez esas emociones encuentran un espacio público de escucha.



Detrás de cada docente también hay una familia

Cuando una trabajadora de la educación es denunciada públicamente, las consecuencias no se detienen en la puerta de la escuela. Detrás de cada nombre mencionado hay una persona y, junto a ella, una familia que también atraviesa el dolor, la incertidumbre y la exposición.


Hay hijos que pueden leer comentarios sobre su madre, parejas que deben acompañar el desgaste cotidiano, padres que sufren al verla señalada y personas cercanas que sienten impotencia porque conocen solamente una parte de lo sucedido o porque tampoco pueden expresarse. La acusación comienza entonces a ocupar las conversaciones familiares, afecta el descanso, altera las relaciones y convierte cada encuentro social en un momento incómodo.


En localidades pequeñas, donde casi todos se conocen, esta situación puede ser todavía más difícil. La noticia se comenta en los comercios, en las calles, en los grupos de WhatsApp y en cada espacio compartido. La docente denunciada no es solamente una trabajadora sometida a una investigación: también es una vecina que debe continuar viviendo en esa comunidad y cuya familia queda inevitablemente alcanzada por la mirada de los demás.


Nada de esto invalida el sufrimiento de los niños ni la preocupación de sus padres. Pero una sociedad verdaderamente sensible no puede reconocer el dolor de una parte y negar por completo el de la otra. La empatía no debería funcionar de manera selectiva.


Si pedimos prudencia es porque detrás de cada acusación hay seres humanos. Los niños y sus familias merecen protección y respuestas, pero las personas señaladas y sus seres queridos también merecen que no se las condene antes de que los hechos hayan sido esclarecidos.



Cuando las redes reemplazan a las instituciones

Las redes sociales permiten visibilizar situaciones que durante años permanecieron ocultas. Gracias a ellas, muchas personas encontraron una herramienta para reclamar y ser escuchadas. Pero esa capacidad también tiene riesgos.


Un nombre publicado junto a una acusación puede quedar marcado durante años, incluso cuando una investigación no logra comprobar los hechos. Las versiones se comparten rápidamente, los comentarios se multiplican y la condena suele llegar antes que cualquier resolución institucional.


En ese proceso, los matices desaparecen. Se forman bandos, se eligen culpables y cada nueva publicación profundiza la distancia. El conflicto deja de ser un problema que necesita una solución y se transforma en una disputa en la que parece indispensable derrotar públicamente al otro.


En el caso de la Escuela de El Destino, la Fiscalía de Investigaciones Administrativas archivó las actuaciones por considerar que no existían elementos suficientes para acreditar las irregularidades denunciadas. Esa resolución no significa que las familias hayan inventado lo que relatan ni que el malestar no exista. Pero tampoco puede ser ignorada: administrativamente, las acusaciones no fueron comprobadas con los elementos reunidos.


Si las familias consideran que la investigación fue incompleta y que quedaron testimonios sin escuchar, tienen derecho a solicitar una revisión y una nueva intervención. Del mismo modo, las trabajadoras señaladas tienen derecho a que no se las declare culpables únicamente a partir de testimonios difundidos públicamente.


Ambos derechos pueden y deben convivir.



El silencio docente no siempre es indiferencia

Existe una tendencia a interpretar el silencio como una señal de culpabilidad. “Si no responde, será porque es verdad”, suele afirmarse. Pero en el ámbito educativo esa conclusión puede ser profundamente injusta.


Una docente no puede divulgar información sobre un alumno, hablar sobre su comportamiento, exponer situaciones familiares ni relatar públicamente todo lo ocurrido dentro del aula. Aun cuando sienta que una acusación es falsa o incompleta, tiene límites legales, profesionales y éticos que debe respetar.


Esa imposibilidad de responder genera una situación de vulnerabilidad. La persona acusada ve circular su nombre, escucha opiniones sobre su trabajo y observa cómo se construye una imagen pública sobre ella, pero debe esperar que sean los organismos administrativos los que hablen mediante sus resoluciones.


El Ministerio de Educación, por lo tanto, no debería limitarse a exigir silencio. También tiene la obligación de proteger a todos los integrantes de la comunidad educativa, garantizar investigaciones serias y ofrecer canales transparentes para que cada parte pueda ser escuchada sin exponerse públicamente.


Cuando el Estado demora, responde de manera insuficiente o propone una mediación que no logra reconstruir la confianza, deja un vacío. Y ese vacío termina siendo ocupado por rumores, publicaciones y enfrentamientos personales.



No se trata de elegir entre los niños y las docentes

Plantear este debate como una elección entre defender a los niños o defender a las educadoras es un error. Cuidar a los estudiantes no exige destruir anticipadamente la reputación de una docente. Respetar el derecho de defensa de las trabajadoras tampoco implica desoír el sufrimiento expresado por un menor.


La verdadera responsabilidad consiste en proteger a los chicos, escuchar a las familias, permitir que las trabajadoras den su versión en un ámbito adecuado y determinar qué ocurrió mediante procedimientos imparciales.


Si hubo conductas indebidas, deberán establecerse responsabilidades y adoptarse las medidas correspondientes. Si algunas acusaciones no pueden sostenerse, también será necesario decirlo con claridad y reparar el daño causado. Y si lo que existe es una convivencia quebrada por años de desencuentros, deberán buscarse profesionales y autoridades capaces de reconstruirla.


La situación de la Escuela N° 100 debería servir para una reflexión más amplia. Estamos viviendo un tiempo en el que la palabra del otro se escucha cada vez menos y la condena pública llega cada vez más rápido. Las familias desconfían de las instituciones; los docentes sienten que perdieron respaldo y autoridad; los niños quedan en medio de conflictos que deberían resolver los adultos, y el Estado muchas veces interviene cuando las posiciones ya son irreconciliables.


No hacen falta silencios impuestos ni acusaciones sin respuesta. Hace falta una investigación que inspire confianza, que escuche a todas las personas involucradas y que coloque el bienestar de los alumnos por encima de cualquier disputa.


Defender la educación pública también significa cuidar a quienes asisten a aprender, a quienes recorren kilómetros todos los días para enseñar y a las familias que acompañan silenciosamente a unos y otros. Ninguno de esos derechos debería anular al otro. Solo desde esa mirada equilibrada será posible comprender lo ocurrido y evitar que la búsqueda de una solución termine causando nuevas heridas.

MUNI WINI LOGO MAY 2025.jpg
ACA - PUBLI 2025.jpg
plex ago 2023_edited.jpg
fondo blanco.jpg
chaqueno palavecino_edited.jpg
bottom of page